LA TRAMA DE LA VIDA

A lo largo del siglo XX, el universo plástico sufrió una serie de cambios profundos. Si hasta mediados de esa centuria hubo una preocupación particular por los sistemas de representación, la segunda mitad estuvo marcada por un ánimo de renovar no ya las formas sino el propio oficio y sentido de la pintura.

Los numerosos campos experimentales abiertos, tanto en la reconfiguración de lo visual como en los modos de hacer, nos obligan a considerar hoy no sólo el producto de la actividad artística sino, principalmente, la práctica que ha conducido hasta él.

La obra de Emilio Torti es el resultado de una verdadera práctica. En ella se conjuga la exploración de un mundo de formas simbólicas con una conciencia existencial, derivada de la filosofía budista. Cada color, cada mancha, cada trazo responde a la voluntad explícita de poner de manifiesto –a través de los medios que ofrecen el dibujo y la pintura- un pensamiento que se brinda como un don al espectador. Torti cree en la capacidad de la obra artística para producir y transformar. Por eso, su trabajo es también una práctica de la militancia a través de la imagen.

Animado por este objetivo, el artista se orienta a la presentación antes que a la representación. Su obra no es la traducción del mundo fenomenal de la realidad aparente. En todo caso, expresa otro campo de fenómenos y realidades, uno que surge de la internación profunda en los mecanismos que, según su concepción existencial, rigen el universo, sus componentes y procesos. Cada línea establece un vínculo, cada círculo es pura potencialidad. Entre ellos se conforma un intrincado juego de relaciones que van dando consistencia a la totalidad de los acontecimientos plásticos.

Sus primeras series indagan los mecanismos que van configurando el terreno de lo posible. Mediante un sistema de composición simple y disciplinado, construye estructuras de círculos y segmentos de líneas que se conforman a cada instante, a partir del cúmulo de posibilidades que aparece al finalizar cada trazo. Las estructuras se van ampliando, invaden la tela, revelan la potencialidad formal de la superficie aparentemente vacía donde se instalan. En el budismo el vació no existe. El juego de las líneas y los círculos pone en evidencia el fondo que parecía inexistente, figura y fondo coexisten, no hay exclusión sino convivencia integral.

La aparición del color supone un reto para esta práctica ascética. Los colores están cargados de asociaciones, no son simplemente elementos del vocabulario visual sino marcas culturales, emocionales e históricas. El color implica también su ausencia –el negro- y su convergencia en la integración del espectro lumínico –el blanco-. Varía cuando es línea, superficie o mancha, cuando se manifiesta solo y cuando debe convivir con otros, cuando se aplica por afinidad y cuando opera por contrastes. Todas estas vías, todos estos caminos abiertos son recorridos que, de una y otra manera, transita el artista.

Porque el color también es potencialidad, y por lo tanto, acontecimiento y desafío.

En su serie más reciente, Torti asocia algunos colores, el y el negro, a propiedades y valores. El verde corresponde a la compasión, el azul a la sabiduría, el rojo a la libertad. El blanco es la iluminación, la armonía de los tres colores previos –las tres virtudes del Buda-. El negro es la ignorancia, la negatividad, la ausencia de valores, la falta de conciencia de sí. Esto transforma a cada obra en una indagación existencial, la percepción y la emoción.

La confluencia de todos estos elementos configura un espacio donde causas y efectos dialogan en simultaneidad, donde teoría y práctica convergen en una propedéutica espiritual que el artista considera un deber ético de su práctica artística. Por esto, sus pintura y dibujos no pueden verse únicamente como el resultado de una experimentación formal o un intento por ampliar el campo de las formas plástica. En su hacer, en su trabajo constante, en su convicción y dedicación, descansa la clave de todo aquello que vemos en su obra, pero que, además, deberíamos intuir en lo que ella nos dice desde su potencialidad emocional, visual y metafórica.


Rodrigo Alonso